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El niño tiene cuatro años.
Entre las lóbregas paredes de
rococemento desgastadas por el paso de los años de una antigua catedral
dedicada a algún santo imperial ya olvidado, el chico observa la escena con los
ojos abiertos como platos, envuelto en la penumbra de un contrafuerte.
Tres figuras imponentes se
acercan con paso medido por el pasadizo de la nave central, iluminadas por los
braseros de prometio crudo que queman a ambos lados del pasillo, llenando la
estancia con su acre hedor químico. Flanqueándolos una guarda de honor compuesta
por los veinte mejores guerreros de la tribu, con las armaduras perladas y
pulidas y las cromadas espadas curvas centelleando al compás de las llamas,
observa atentamente el avance de los emisarios. Son muy conscientes de las
intenciones de los recién llegados, así que Pelleus, siempre prudente, ha
decidido ablandar un poco su espíritu guerrero antes de la audiencia.
El aspecto marcial de los
emisarios contrasta enormemente con la muchedumbre harapienta que, dos días
antes, había llegado a las herrumbrosas puertas del campamento. El chico los había
visto llegar: una larga columna asustada, cansada y famélica de hombres y
mujeres pálidos y agotados, cargando con unos críos al borde de la inanición,
con la barriga hinchada, los cuerpos llenos de costras tumefactas, acompañados
por el omnipresente zumbido de las moscas y perseguidos por el hedor de la
muerte. Una tribu entera movida por la desesperación. Hombres que habían
renunciado a las tierras de sus
ancestros buscando algún sustento para sus mujeres e hijos en el hostil mundo
muerto. Muchos debían de haber caído de hambre y agotamiento. Otros muchos, a
juzgar por las profundas cicatrices que lucían los guerreros que, aún en la
desdicha, guiaban orgullosos los restos de sus maltrechas familias, debían de
haber muerto bajo la guadaña de los Nocturnos…
El chico quedó impresionado por
un guerrero en particular: Su cuerpo, aunque delgado, se mantenía musculoso,
tibante y alerta, vistiendo unos sencillos y gastados ropajes de tejido
sintético basto de color verde oscuro, cubierto por una armadura hecha de
placas quitinosas entrelazadas y un casco robusto, fabricado con acero pulido y
a los costados, a modo de corona, las escamas pulidas y puntiagudas de la punta
del abdomen de dos Nocturnos. En su antebrazo derecho, orgullosamente descubierto,
lucía una larguísima cadena de muescas, motivo tanto de honra como de penitencia
para los guerreros de Sotha ya que cada una de ellas era el nombre de tanto un
guerrero rival abatido como un hermano muerto en batalla. Las muescas eran
negras, tatuadas bajo la piel mediante rituales estrictamente estipulados por
la tradición, y su longitud medía tanto el valor mostrado por el guerrero
muerto en combate como el pesar que había sentido su asesino al acabar con su
vida. Las muescas eran un recordatorio palpable del estilo de vida guerrero de
las tribus sothianas y un símbolo de la lucha común por la supervivencia de la
humanidad en aquél planeta de muerte, ya que de esta forma cada guerrero
forjaba el relato de su vida gracias a los guerreros a los que derrotaba,
pasando a formar parte del relato del guerrero que, en su día, acabaría con él.
Había cierta simetría en la tradición guerrera sothiana: guerreros de indómito
valor que no dudaban en entregar sus vidas y tomar a las de sus rivales pero
sin olvidar nunca el objetivo de supervivencia común que compartían todas las
tribus del planeta; este hecho resultaba particularmente evidente en las
muescas, un símbolo tanto de habilidad marcial como de constricción, la fórmula
encontrada por los honorables guerreros sothitas para poder aceptar el tener
que acabar con la vida de otro ser humano y aún así celebrar sus gestas y su
paso por el mundo, dar gracias a su espíritu por haberles permitido compartir
sus últimos momentos y su experiencia; al fin y al cabo, en un mundo de muerte,
los guerreros eran hermanos aún cuando se arrebataban la vida.
Y entonces lo vio: entre las
muescas, había dos cruces curvas no dibujadas con tinta sino cortadas
directamente en la carne. El guerrero pues, se trataba de un gran campeón: Así
como una muesca representaba el homenaje a un hermano asesinado, una cruz
indicaba la muerte en combate de un Nocturno, el peor de los enemigos y el
mayor de los peligros del mundo muerto. Por esto se marcaban con carne y sangre,
ya que, invariablemente, con carne y sangre se había conseguido tal trofeo. Muy
pocos de los guerreros de la tribu de su padre lucían una cruz en su antebrazo,
y sólo su padre tenía el honor de lucir dos. Al comprobar sus muescas, los
guerreros de la tribu del chico saludaron respetuosamente al guerrero de verde,
en consideración por sus hazañas. Dos cruces requerían todos los honores, así
lo dictaminaban los dioses
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