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El olor dulzón y ferruginoso de
la sangre lo envolvía todo. En los estériles páramos de Sotha, lejos de la luz
de un sol moribundo, entre las ruinas cubiertas de ceniza de ciudades cuyo nombre había sido olvidado tiempo ha, el niño fue traído al mundo. Fue el último acto de una mujer condenada. Nacido
en la batalla, bautizado con sangre: un buen presagio.
El cuerpo aún caliente de
Licurgo, padre biológico del chico, se enfriaba rápidamente en la helada noche.
Aún con dos lanzas clavadas en el pecho y el brazo del escudo colgando inerte
por culpa de un mazazo había opuesto férrea resistencia: nada menos se esperaba
de un guerrero de Sotha. Tres hombres habían pagado la osadía de enfrentarse a
su cólera y ahora su sangre se mezclaba con la de su asesino, caído finalmente
bajo la guadaña del segador contra Licaón, el del brazo firme. Más adelante
sería recogido, ungido y quemado al amanecer gris con todos los honores según
la tradición sothiana; en Soth, un mundo muerto, un mundo de pesadilla, los
hombres eran hermanos incluso en la batalla, bajo la atenta mirada de los
dioses.
“Respeta a tu rival, honra su cuerpo
y recuérdalo en la victoria, pues tu algún día ocuparas su lugar” les decían
los padres a sus hijos una vez conseguían su primera muesca.
Un círculo de guerreros envolvió
a Celeste, compañera del líder difunto, mientras las contracciones del parto se
hacían más y más fuertes. Sus lanzas y espadas bajas en señal de respeto, sus
rostros, aún manchados de la sangre de sus parientes, atentos. Era infrecuente
que una mujer acudiese al Aristei,
aún siendo la compañera de un líder tan reconocido y respetado como Licurgo.
Ella no gritaría, en Soth o eras fuerte o estabas muerto.
Tras unos momentos, uno de ellos
se arrodilló junto al cuerpo gimiente, estremecido por el dolor:
- El niño no saldrá. Moriréis los dos.- Su tono era grave. Era el primer parto de Celeste: su cadera era estrecha, su cuerpo, al borde de la inanición, débil. El guerrero desconocido palpó el hinchado abdomen de la mujer. – Puedo… ayudar.
- El niño no saldrá. Moriréis los dos.- Su tono era grave. Era el primer parto de Celeste: su cadera era estrecha, su cuerpo, al borde de la inanición, débil. El guerrero desconocido palpó el hinchado abdomen de la mujer. – Puedo… ayudar.
Celeste había asistido a
demasiados partos para desconocer a qué se refería el guerrero. Asintió.
- Cuidad de él, guerrero.- La voz de Celeste salía por entre sus dientes prietos, su mirada perdida, sus saladas lágrimas.- Júralo.
- Por la guadaña del Emperador, señora.- dijo el aludido, sacando un afilado cuchillo de su cinto. Acarició suavemente, con una dulzura que contrastaba con los restos humanos que salpicaban su protección de duraplast, con su semblante adusto y con la cicatriz que recorría el ojo perdido, la cara sudada y pálida de la mujer yaciente.- Os lo juro.
- Esperad… Vuestro nombre... Vuestras muescas…- El nombre era importante: en Soth uno no poseía nada más que su brazo, su nombre y sus muescas.
- Soy Pelleus, y mis muescas son treinta y nueve. Con una.- No había más que añadir. Un gran guerrero. El niño estaría a buen recaudo.
- Hazlo.- Dijo Celeste, dedicando una última
mirada al guerrero y cerrando los ojos. Y añadió- Cuidad de él, gran Pelleus.
Con un movimiento ágil y rápido,
el cuchillo bajó; allí encontró carne y sangre.
En medio de la noche, unos
sollozos rompieron el silencio que se había adueñado del Aristei.
- Hermanos, os presento a mi hijo!- Gritó Pelleus, girándose hacia sus victoriosos guerreros, y añadió la fórmula tradicional para dar la bienvenida a un niño varón al mundo.- Que su brazo sea fuerte, su muerte buena y su nombre recordado!
Nacido de la batalla, bautizado
con sangre; nacido en Sotha, mundo muerto, mundo de muerte.
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