divendres, 21 de setembre del 2012

Memento moris: El nacimiento de un guerrero (II)


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El niño tiene cuatro años.

Entre las lóbregas paredes de rococemento desgastadas por el paso de los años de una antigua catedral dedicada a algún santo imperial ya olvidado, el chico observa la escena con los ojos abiertos como platos, envuelto en la penumbra de un contrafuerte.

Tres figuras imponentes se acercan con paso medido por el pasadizo de la nave central, iluminadas por los braseros de prometio crudo que queman a ambos lados del pasillo, llenando la estancia con su acre hedor químico. Flanqueándolos una guarda de honor compuesta por los veinte mejores guerreros de la tribu, con las armaduras perladas y pulidas y las cromadas espadas curvas centelleando al compás de las llamas, observa atentamente el avance de los emisarios. Son muy conscientes de las intenciones de los recién llegados, así que Pelleus, siempre prudente, ha decidido ablandar un poco su espíritu guerrero antes de la audiencia.

El aspecto marcial de los emisarios contrasta enormemente con la muchedumbre harapienta que, dos días antes, había llegado a las herrumbrosas puertas del campamento. El chico los había visto llegar: una larga columna asustada, cansada y famélica de hombres y mujeres pálidos y agotados, cargando con unos críos al borde de la inanición, con la barriga hinchada, los cuerpos llenos de costras tumefactas, acompañados por el omnipresente zumbido de las moscas y perseguidos por el hedor de la muerte. Una tribu entera movida por la desesperación. Hombres que habían renunciado a las tierras  de sus ancestros buscando algún sustento para sus mujeres e hijos en el hostil mundo muerto. Muchos debían de haber caído de hambre y agotamiento. Otros muchos, a juzgar por las profundas cicatrices que lucían los guerreros que, aún en la desdicha, guiaban orgullosos los restos de sus maltrechas familias, debían de haber muerto bajo la guadaña de los Nocturnos… 

El chico quedó impresionado por un guerrero en particular: Su cuerpo, aunque delgado, se mantenía musculoso, tibante y alerta, vistiendo unos sencillos y gastados ropajes de tejido sintético basto de color verde oscuro, cubierto por una armadura hecha de placas quitinosas entrelazadas y un casco robusto, fabricado con acero pulido y a los costados, a modo de corona, las escamas pulidas y puntiagudas de la punta del abdomen de dos Nocturnos. En su antebrazo derecho, orgullosamente descubierto, lucía una larguísima cadena de muescas, motivo tanto de honra como de penitencia para los guerreros de Sotha ya que cada una de ellas era el nombre de tanto un guerrero rival abatido como un hermano muerto en batalla. Las muescas eran negras, tatuadas bajo la piel mediante rituales estrictamente estipulados por la tradición, y su longitud medía tanto el valor mostrado por el guerrero muerto en combate como el pesar que había sentido su asesino al acabar con su vida. Las muescas eran un recordatorio palpable del estilo de vida guerrero de las tribus sothianas y un símbolo de la lucha común por la supervivencia de la humanidad en aquél planeta de muerte, ya que de esta forma cada guerrero forjaba el relato de su vida gracias a los guerreros a los que derrotaba, pasando a formar parte del relato del guerrero que, en su día, acabaría con él. Había cierta simetría en la tradición guerrera sothiana: guerreros de indómito valor que no dudaban en entregar sus vidas y tomar a las de sus rivales pero sin olvidar nunca el objetivo de supervivencia común que compartían todas las tribus del planeta; este hecho resultaba particularmente evidente en las muescas, un símbolo tanto de habilidad marcial como de constricción, la fórmula encontrada por los honorables guerreros sothitas para poder aceptar el tener que acabar con la vida de otro ser humano y aún así celebrar sus gestas y su paso por el mundo, dar gracias a su espíritu por haberles permitido compartir sus últimos momentos y su experiencia; al fin y al cabo, en un mundo de muerte, los guerreros eran hermanos aún cuando se arrebataban la vida.

Y entonces lo vio: entre las muescas, había dos cruces curvas no dibujadas con tinta sino cortadas directamente en la carne. El guerrero pues, se trataba de un gran campeón: Así como una muesca representaba el homenaje a un hermano asesinado, una cruz indicaba la muerte en combate de un Nocturno, el peor de los enemigos y el mayor de los peligros del mundo muerto. Por esto se marcaban con carne y sangre, ya que, invariablemente, con carne y sangre se había conseguido tal trofeo. Muy pocos de los guerreros de la tribu de su padre lucían una cruz en su antebrazo, y sólo su padre tenía el honor de lucir dos. Al comprobar sus muescas, los guerreros de la tribu del chico saludaron respetuosamente al guerrero de verde, en consideración por sus hazañas. Dos cruces requerían todos los honores, así lo dictaminaban los dioses
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